Tener una ciudad, un derecho establecido.

Tener una ciudad, un derecho establecido.

Jorge Jáuregui. Estuvo en Buenos Aires el “arquitecto de las favelas” que basa su trabajo en conectar “el interior de la ciudad y la sociedad dividida”.

El derecho a la ciudad se concibe como una visión superadora del derecho a la vivienda. “Una urbanidad para todos”, resumió Jorge Mario Jáuregui en la Jornada “Derecho a la ciudad en el contexto Sur Global: asentamientos precarios urbanos”, que se realizó en la Universidad Nacional de San Martín (UNSAM). Conocido como “el arquitecto de las favelas” por su trabajo en las primeras urbanizaciones de Río de Janeiro, Brasil, donde se exilió y todavía reside, él prefiere llamarse “arquitecto-urbanista: un hacedor de conexiones en el interior de la ciudad y de la sociedad dividida”. De su experiencia habla en esta entrevista con revista Ñ. Entre otras cosas, recuerda que “cuando me fui de la Argentina la política era de erradicación de villas y en Brasil también. Recién en 1996 surgió el programa de urbanización de favelas. Formular un programa creaba un parámetro para pensar la articulación de la ciudad y la sociedad divididas. También implica que hay una asignación de dinero para invertir y pensar qué tipo de equipamiento público es necesario para transformar urbanísticamente un lugar”.

–¿Quién lo impulsó?

–Un gobierno que no era ni siquiera popular formuló el programa Favela Barrio pensado para una situación específica, determinada cantidad de habitantes y para dotarlo de los atributos de la urbanidad, es decir, espacios de convivencia. Porque en las favelas antes de la intervención todo es privado. Y lo que no es privado, no es de nadie. No existe la dimensión de lo público. Cada uno construyó su casa con su esfuerzo pero de la pared para adentro; para afuera el poder público no se hacía cargo y la gente no tenía condiciones para hacerlo. Es una dimensión insustituible del proyecto urbano que delimita lo que es de cada uno y lo que es de todos.

–¿Y por dónde empieza? En una de sus publicaciones, habla de escuchar psicoanalíticamente. ¿A qué se refiere?

–Siempre tuve relación con los psicoanalistas por mi mujer, pero me interesé más en Brasil. Un artículo en la Folha de São Paulo me movilizó hacia el método freudiano de la asociación libre y la atención flotante, que era exactamente lo que hacía sin saberlo cuando llegaba a la comunidad y hablaba con la gente. Me permitió tornar más consciente el hecho de esa escucha, según el psicoanálisis no tiene que ser para responder a lo que se pide sino para interpretar lo que se dice. Es decir, no se trata de hacer lo que nos piden inmediatamente sino procesar esa demanda porque tal vez lo que se de como resultado de lo que se pide sea completamente diferente de lo que se estaba pidiendo. Eso me ayudó en mi trabajo.

–Circula un discurso de que las personas en favelas y villas ven las obras como una invasión, ¿qué dice usted?

–Pero eso también tiene otra cara. La gente acepta y de muy buen grado cualquier cosa que venga a ayudar a mejorar su condición de existencia. No es que se oponen a una intervención de afuera, pero tiene que ser en la base del diálogo, justamente de esa escucha entre comillas de la demanda. A partir de la experiencia de haber construido mucho, se trata de articular lo que existe con lo nuevo. Lo que existe tiene que permanecer, sobre todo en villas que no están en áreas de riesgo. Hay favelas que tienen 80, 100 años y es imposible decir que no tienen derecho a permanecer donde están.

–¿Cuál es la mayor dificultad?

–De todas las urbanizaciones de Río de Janeiro desde 1996, ninguna tiene todavía la tenencia de la tierra. Es un factor muy lento, engorroso, y las obras se terminan y la gente no recibe la titularidad de su propiedad, por más que entregamos al final el plano que delimita lo público y lo privado. Hay que hacerlo porque se considera que ya pagaron el precio de haber tenido que vivir en condiciones muy precarias durante mucho tiempo y hay una deuda social con ellos. Las inversiones tienen que ser para mejorar las condiciones de la villa y de la relación de la villa con el entorno también.

–Muchas metrópolis del Sur Global están signadas por la desigualdad, ¿cómo se trabaja en las zonas de transición?

–Más allá de los tratamientos del espacio público, hay tres programas sociales que permiten hacer conexión. Uno es la generación de trabajo y renta, especie de ágoras contemporáneas donde diferentes boxes para trabajo manual se organizan alrededor de una plaza como un mercado de servicios, donde la clase media puede llegar y contratarlos. Otro es el deporte: canchas de fútbol, pistas de atletismo, estadios cubiertos donde además se hacen fiestas los fines de semana… Justamente, el tercer conector social, la diversión, que reúne gente de dentro y que viene de afuera. Ubicados en la frontera, permiten el pasaje entre una realidad y la otra. A eso se suma las vías de circulación tratadas urbanísticamente y el reequilibro de la relación masa verde/masa construida, que siempre es deficitaria en los asentamientos populares –porque se cortó todo lo vegetal para construir–. Hay que reinstaurar la dimensión de lo verde a todas las escalas, desde el jardincito en la casa a la calle, el arbolado público y los parques.

–¿Cómo funciona la seguridad en esa zona de transición?

–Las calles llenas de gente es el principal factor de seguridad. Por eso hay que garantizar que las plantas bajas de las edificaciones siempre sean multifuncionales, nunca solamente residenciales. En las villas es importantísima la iluminación pública, junto con una policía de proximidad, no una de choque.

–¿Dónde se aprecia primero el cambio?

–Después de urbanizar la primera favela –Fernão Cardin– O Globo organizó una visita de periodistas, y cuando el ómnibus llegó alguien dijo: ¿Y dónde era la favela? No se veía ya, se había diluido el límite. Porque sus habitantes, una vez que reciben los beneficios de la inversión pública, terminan su revoque, embellecen, pintan su casa. Los imaginarios negativos se disipan con los equipamientos de uso común, desde el comercio a las paradas de ómnibus y los puestos de salud.

–En películas como Tropa de élite o Ciudad de Dios, hay una representación de estos espacios, ¿cuánto hay de real?

–Se hizo mucho en Brasil pero hay mucho más por hacer. En Río hay mil favelas y se ha trabajado sobre 200. Apenas hay algunas intervenciones exitosas que muestran un camino que no está terminado ni garantizado. Ambos filmes han hecho una magnificación de la violencia, una fashionización en el sentido de que vende por truculento. Es el equivalente de los diarios sensacionalistas. De la realidad toman apenas un aspecto muy parcial.

–Habló de proyectos para configuraciones espacio-temporales específicas, ¿es posible exportar modelos?

–Perfectamente. De hecho, presenté proyectos para Albania y la India, a partir de la experiencia en Río, donde trabajé en favelas planas, inclinadas, al borde del mar, de la selva. De México para abajo hice estudios para casi todos los países, de Costa Rica a Uruguay. Para la Argentina hice varios que nunca se construyeron. La diferencia entre la Argentina y Brasil es que acá se piensa mucho y se construye poco, y allá se piensa poco y se construye mucho. Hay que buscar el equilibrio entre las dos realidades. Lo bueno es que a partir de la práctica, con la formulación de este programa de urbanización de favelas, se abrió un campo para el pensamiento, para pensar esta realidad nuestra latinoamericana de ciudades y sociedades divididas entre formal e informal, el morro y el asfalto, lo público y lo privado.

Fuente: revistaenie.clarin.com por MARCH MAZZEI