Koolhaas: la lucha contra el populismo del mejor arquitecto del mundo.

Koolhaas: la lucha contra el populismo del mejor arquitecto del mundo.

Lo ves y sabes que se trata de un tipo duro. Alto. Flaco de huesos por fuera. Los hombros a ratos muy juntos, como generando un check point para proteger la cabeza. Y ésta pelada, bruñida por muchos insomnios y una existencia en aviones, con algunas puntas de pelo cano que le asoman por la rampa de los parietales. A ratos parece un molde de Gargamel, con nariz de pico de quetzal y los ojos azules y listísimos que todo lo cuestionan con ansiedad analítica, apoyados en un sillar de ojeras. Camina impulsado por un cierto vaivén de gigantón que carga la espalda hacia delante. Podría parecer que está totalmente loco. O que es inmensamente cuerdo. O nada de todo esto y sencillamente alguien que piensa de otro modo armando ideas con materiales que nadie sospecha que sirven también para lo que él hace. Representa al arquitecto global de las dos últimas décadas, el teórico más influyente de la arquitectura contemporánea. Camadas de estudiantes lo adoran como a un buda sin grasa y atienden sus desafíos como quien aguarda el Juicio Final. Tiene modales de filósofo que se escapa por las costuras de las teorías y a veces habla de hormigones prensados y otras del espliego, del campo.

No empezó pensando en cómo levantar edificios emblemáticos, sino que casi aún de arrapiezo las mejores descargas le llegaron ejerciendo el periodismo cultural. Entrevistó a Fellini para el Haagse Post de Ámsterdam, semanario en el que trabajaba. Tenía 21 años. Poco después publicó otra conversación con Le Corbusier. Considera estas páginas dos de sus ochomiles. Entendía el periódico como una arquitectura. Y lo amaba casi tanto como al cine, que era entonces la otra mitad de su pasión. Formó parte del colectivo 1,2,3 Group, donde Koolhaas especulaba con revoluciones y saltos al vacío junto a cinco amigos. Llegaron a rodar una película, The White Slave, y como guionista casi abre mercado con un trabajo que le contrató el director Russ Meyer, aunque no se llegó a rodar. Algo parecido a un guión de porno blando. Y cuando todo apuntaba con claridad hacia el cine, pegó un volantazo, marchó a Londres y se matriculó en la Architectural Association, donde estudió cinco años. La culpa de abandonar los rodajes por la arquitectura fue de un viaje a Moscú en 1967. Allí descubrió el diseño futurista y la utopía constructiva soviética de la década de los 20. Se le disparó la sangre a la cabeza.

«Sigo siendo un periodista. Es una condición que no he querido ni he podido perder». Lo del periodismo lo repite en la conversación varias veces. Le debe mucho al oficio. Sabe manejar sus propios titulares. Sabe editorializar su talento. Sabe resumir. Sabe joder. Sabe encantar. Sabe partirse y negociar la otra mitad. Es un tipo al que la arquitectura le permite enredarse en discusiones complejísimas que trascienden la arquitectura. Ahora la política centra buena parte de sus preocupaciones, las consecuencias del Brexit para Europa y Gran Bretaña, la alarma de que su país, Holanda, asuma el mismo atajo… Y en décimas de segundo habla de la belleza de los tractores computerizados, de las bondades del paisaje, del sistema de ventilación de un rascacielos en el Golfo Pérsico y de la hermosa armonía que da sentido al caos de las megaurbes de Asia.

«La política es una de mis máximas preocupaciones. Nunca me ha interesado tanto dar forma a algo como saber que ese algo es una manera de intervención en la sociedad. Estamos tan convencidos de que nuestro sistema de valores es el correcto que ya no sabemos acercarnos a otros ámbitos que exigen códigos distintos a los nuestros para entablar una negociación. Hasta ahora no hemos sabido más que pactar con nosotros mismos». En la entrevista no hay cortesías. Todo va rápido y sin rodeos. No es un hombre que entre en la categoría de los inofensivos.

«A Rem le gusta la incertidumbre. Rem ha cambiado tres veces el horario de su vuelo en esta misma mañana. Rem es impredecible». Son algunas de las frases más repetidas en los 15 días previos al encuentro que mantuvo con PAPEL durante su fugaz estancia en España como estrella mundial del IV Congreso Internacional de Arquitectura que organiza la Fundación Arquitectura y Sociedad en Pamplona. «Rem es difícil. Rem no sonríe nunca. Rem, si accede, sólo podrá atenderte 10 minutos. Rem. Rem. Rem». Para llegar a Koolhaas hay que aceptar que la línea recta no es la distancia más corta entre dos puntos. Para algo es un exvoto de la ultramodernidad y sabe desplegar la penumbra de los talentos contradictorios. Tiene desde el año 2000 el Premio Pritzker.

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“Una ciudad no sólo son los edificios, sobre todo es la vida: en sus calles, parques, transporte público… Y eso también es política, comprender el espacio común y el sitio del otro”

«Rem va a atenderte». Es como una cita en el Más Allá para tratar el asunto de la inmortalidad saltándote la cola. «Rem tiene 15 minutos para ti». Lo dice Rita. La asistente. Una atenta libanesa criada en Bélgica y enclavijada desde hace dos años en la sede de OMA (Office for Metropolitan Architecture), la nave Enterprise de Koolhaas, el cuartel general fundado en 1975 junto a Elia Zenghelis, Zoe Zenghelis y Madelon Vrisendorp. Uno de los más codiciados estudios de arquitectura del mundo para varias generaciones inundadas de una pasión vehemente por este hombre. La entrevista se prolongó más allá de lo previsto. Ya saben: Rem es impredecible. Incluso para asestarle a un fracaso presentido un timbre de triunfo inesperado. Maneja con audacia los tiempos. Se sabe merchandising de sí mismo, por eso pilota el zepelín con la habilidad del que resuelve a la perfección explosiones controladas.

Utiliza la arquitectura para ir más allá de la arquitectura, hacia espacios que tienen que ver también con la teoría política, con la reflexión sobre la realidad social, con una voluntad de pensamiento global…

P. En OMA no tenemos esa conciencia de estar más cerca de la teoría que de la práctica. Nos interesa tanto la realidad de las superestructuras políticas como las transformaciones de la agricultura. Ambos espacios tienen que ver con el mundo real. Me preocupa por igual la situación de Europa y la gestión de recursos. Yo no creo que mis intereses sean puntualmente teóricos, sino que van más allá. Cuando me refiero al Brexit, por ejemplo, no hablo de teorías o especulaciones, sino de realidades extraordinariamente inquietantes que requieren de una acción fuerte. Ese es el lugar en el que me gusta instalarme como arquitecto, como europeo, como ciudadano.

R. No lo dudo, pero luego está la aplicación de todo eso a la propia obra. Quizá es ahí donde cuesta adivinar el punto de encuentro.

P. Bueno, siempre he sido un arquitecto claro. Y si se fija en el trabajo que desarrollamos en OMA está en él todo aquello que nos preocupa. No olvide que yo empecé mi vida profesional como periodista y en cierta manera lo sigo siendo. De aquellos años me quedó un interés extraordinario por la realidad, por lo que existe, por lo que tenemos alrededor. La realidad práctica suele tomar primero forma en un concepto. A modo de apuesta. La arquitectura exige riesgo y no sólo está relacionada con la belleza.

R. ¿Con qué más?

P. Con la acción política.

R. La fragmentación de su obra, y de su pensamiento, tiene mucho de espíritu postcontemporáneo. Es decir, hay un no estilo marcado en su obra que es como una forma muy audaz de marcar una voz propia.

P. Esto tiene que ver con eso que denominamos el sistema. En el siglo XXI nada es rígido. Nada es inmutable. Y quien mejor lo puede entender es un periodista. Tiene más ángulos y recursos para analizar la ciudad. Sabe dónde buscar. Sabe dónde está el pulso. Puede ir a un mercado y descifrar lo que sucede, porque una ciudad no sólo son los edificios, sobre todo es la vida: la vida en sus calles, en sus parques, en su transporte público… Y eso es también la política, comprender el espacio común y el sitio del otro. A mí me interesa en este sentido la arquitectura crítica, la que invita a cuestionar lo evidente. La que cuestiona. La que arriesga. Desde OMA mantenemos un extremo compromiso con la realidad, pero somos conscientes de que hay muchas realidades conviviendo a la vez en un mismo espacio y nos gusta analizar hasta el más pequeño de los detalles, la más ínfima de las preguntas y la más compleja de las ambiciones. De ahí sale nuestro trabajo. Buscamos respuestas distintas para los diferentes contextos.

La historia de Rem Koolhaas es la de alguien que anguilea bien en la vida desde una cierta vocación de frontera, de límite, de margen furtivo. Y desde esas presuntas periferias se sitúa en el centro del mundo exhibiendo una potencia ideológica que no rehuye el minué de las contradicciones. Holandés de Rotterdam. Producto de 1944. Nieto de arquitecto (Teunis Koolhaas), hijo de novelista y periodista (Anton Koolhaas) y padre de cineasta (Tomas Koolhaas). Divide su alma entre el diseño de edificios que alcanzan cotas de icono y el desarrollo de una red de conceptos donde lo visible, lo aceptable, lo apropiado y lo previsto es fieramente cuestionado, desafiado, desclasado. Pasó cinco años de su infancia en Indonesia y aquello le dispensó un exotismo intransferible, casi un reflejo condicionado en favor de la diferencia.

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“Nuestra sociedad es adicta al confort. En los 60 reclamábamos los valores de igualdad, libertad y fraternidad. Los hemos cambiado por confort, seguridad y sostenibilidad”

P. ¿Cuánto pesan aquellos años de su infancia en Indonesia, un territorio tan exótico, ajeno y extremo para un niño holandés en los 50?

R. Aquella experiencia está muy viva en mí. Aún hoy. Incluso diría que con más fuerza que entonces. Pasé de los ocho a los 12 años en Yakarta, con mis padres. Una edad importante. Algo de mi carácter extremo fue reforzado por la experiencia de Indonesia. También después por mis estudios en Londres y por aquel viaje de 1967 a Rusia. Todo esto me proporcionó una percepción panorámica del mundo, un sentido muy abierto para asumir y comprender diferentes formas de observar. Indonesia fue importante para no tener miedo a otras culturas y para ser feliz en espacios que no eran los míos, ni social ni culturalmente. Para aprender de lo desconocido. Sin darme cuenta descubrí nuevos temperamentos, otras formas del humor y maneras de relacionarse inéditas para mí. Soy una consecuencia de los viajes y de la ansiedad por encontrar nuevas conexiones entre el mundo, el hombre, los paisajes, sus creencias y las cosas. Asia tiene una cultura dinámica y vibrante. Me liberó mucho.

P. Seguro que libera más que construir el edificio de la Televisión Central China en Pekín, capital de un país donde existe la censura.

R. Pero mi edificio es lo opuesto. Es un desafío. Es un símbolo de lo que sucede fuera de sus fronteras.

P. ¿Puede un arquitecto como usted considerarse un hombre libre?

R. Es compleja esa cuestión… Amo la libertad, pero no rechazo las obligaciones ni los compromisos. La responsabilidad de saber los límites de tu libertad genera una tensión muy estimulante. Un arquitecto necesita otro tipo de fuerza (incluso adversa) para poder generar algo realmente nuevo, algo que no podría hacer por sí mismo. No me interesa la libertad que te aleja de los otros, la que te exime de compromiso. Necesito la libertad de mirar lo que yo quiero mirar. El ejercicio de la arquitectura, desde su origen, tiene muy pocas libertades. Por eso hace unos años generamos un ámbito de reflexión en nuestro estudio. Lo llamamos AMO, dedicado a la investigación de fenómenos socioculturales, los cuales se encarnan a través de los proyectos desarrollados por OMA y se informan a través del conocimiento obtenido en el Harvard Design School Project on the City. Esta extensión me da un nuevo espacio de libertad, la de mirar en cualquier dirección que yo quiera.

P. ¿Y cómo se aplica esa libertad para mirar Madrid, donde el suyo es uno de los ocho equipos que opta a la rehabilitación del Salón de Reinos del Museo del Prado?

R. Estoy muy satisfecho del proyecto que vamos a presentar. Nuestra idea es poner de manifiesto un compromiso con una cultura muy diferente a la nuestra: compleja, orgullosa, muy segura de sí misma… Así que repito lo que le dije antes, no busco tanto la libertad como el compromiso.

Maneja modales de estrella del rock. Un cruce de Van Morrison en un mal día y Bob Dylan cargado de tormentas de la frente a la nuca. En Pamplona exigió estar en un hotel solo, alejado del resto de invitados. La mañana de su conferencia inaugural se encerró en un despacho del Baluarte (sede del encuentro y de esta entrevista) y no cruzó palabra más que con su asistente, Rita, y con Luis Fernández-Galiano, director del congreso. A su alrededor genera un silencio impenetrable. Suele pedir hoteles con piscina para echar unos largos al amanecer, pero en Navarra hizo una excepción: sólo iba a pasar 12 horas. Le reservaron habitación en el Hotel La Perla. Cinco estrellas. Donde Hemingway hacía de cazurro. Cada vez es más esquivo. Cada vez aparece menos en público. Mantiene conversaciones de mucho tronío con el filósofo alemán Peter Sloterdijk o se sienta a discutir medio día con pensadores, artistas, científicos, historiadores y profesores sobre Europa, sus desafíos, su derrota, su necesidad de mantenerla viva. O a lo grande o nada.

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“La ideología de la arquitectura del siglo XXI sigue siendo el neoliberalismo. De algún modo, todos nos hemos convertido en neoliberales, sin posibilidad de elección. Y ya hemos visto los resultados”

P. ¿Qué es más difícil, imaginar el futuro desde una perspectiva política o estética?

R. Interesante… Es más difícil resolver el futuro políticamente… Las cuestiones estéticas son relativamente sencillas. La mayoría sabemos lo que queremos evitar, pero para cualquier decisión colectiva importante hay que contar con la política. A mí me interesa enormemente este momento que vivimos. No somos inocentes, ni como creadores ni como ciudadanos: la inocencia es el camuflaje del cinismo. Los intelectuales debemos comprometernos. Escapar de los lugares comunes. Nuestra sociedad tecnológica es adicta al confort. Somos culpables de haber difundido la idea de que Europa sólo es pura burocracia. Un grave error. Europa es, sobre todo, un proyecto cultural.

P. Pues culturalmente no parece hoy un espacio bien articulado.

R. Lo es, aunque seamos incapaces de convencernos de todo lo que se ha conseguido. España, por ejemplo, se ha beneficiado extraordinariamente de su ingreso en la UE. Se aprecia en cada calle de este país, en cada rincón. Y lo que estamos exhibiendo es una peligrosa impaciencia.

P. ¿El Brexit obligará a diseñar una nueva Europa?

R. La dimensión de lo que han decidido los ciudadanos de Gran Bretaña puede traer consecuencias dificilísimas para nuestro mundo. Veremos si Europa sabe sortear esto. Holanda, mi país, está también en un momento de efervescencia populista muy peligroso. Pero no debemos ser presa del pánico. En Holanda hay un 33% de población que apoya alternativas populistas que buscan continuar el camino de salida de Gran Bretaña. Afortunadamente aún no son demasiados. Aunque las cosas van en este sentido a peor. En los años 60 reclamábamos los valores de la Revolución Francesa: igualdad, libertad, fraternidad. Ahora los hemos cambiado por confort, seguridad y sostenibilidad.

P. ¿Sostenibilidad ya no es un buen concepto?

R. Se convirtió con el tiempo en una fórmula hueca. Es difícil pensar seriamente en ecología desde un lugar tan manipulado.

P. Pues para la arquitectura parece un buen negocio…

R. No sé… Lo que sí tengo claro es que estamos destrozando el planeta. Y si en política no trabajamos con buenas ideas terminaremos facilitando el regreso de regímenes totalitarios. O imponemos equilibrio o nos imponen tiranía.

Koolhaas es lo más cerca que se puede estar de un visionario convencido de las posibilidades de transformar las tentaciones de cualquier tipo en cultura. Su pensamiento viaja revolucionado estableciendo un voltaje de sospechas, propuestas, hallazgos y desplantes que toca todos los palos de la postmodernidad. Es un arquitecto proyectado en mil cosas. Un ejemplar de europeo sofisticado, de fina neurosis y con un fuerte tirón entre la élite, que es su clientela. Igual un magnate francés de la prensa que un jeque árabe. Sabe que el secreto para mantener el foco es estar entreverado de eremita y semidios. Por eso se deja ver lo justo. Por eso sólo acepta alabanzas a una prudente distancia, la máxima posible para que no le rocen. Este hombre es un producto intelectual que no se improvisa.

“Pasé de los 8 a los 12 años en Indonesia. Fue importante para no tener miedo a otras culturas y para ser feliz en espacios que no eran los míos. Para aprender de lo desconocido”

P. ¿Tiene ideología la arquitectura del siglo XXI?

R. Sigue siendo el neoliberalismo. De algún modo todos nos hemos convertido en neoliberales, sin posibilidad de elección. Y ya hemos visto los resultados. Aún no nos hemos librado de las fórmulas de Reagan y Thatcher en los 80.

P. ¿Cuáles fueron las consecuencias?

R. En arquitectura son muy visibles: hiperdensidad en las ciudades y ambición desmedida.

P. En su proyecto de fin de carrera, ‘Exodus’ (1972), propuso un espacio de prisioneros voluntarios en una arcadia limitada por el Muro de Berlín. Casi medio siglo después seguimos levantando muros, ahora para los refugiados…

R. Es una situación muy compleja, aunque Europa no está fallando. Cuando no controlas la escala del problema es difícil hablar de fracaso. Estamos ante retos nuevos. La UE asumió el problema con seriedad, pero no es fácil. Mi propio país fue estúpido en la gestión de este asunto. No estábamos preparados. En general no se está manejando del mejor modo por muchos países, pero al menos se está intentando manejar.

P. A la vista está que mal.

R. Hay que encontrar soluciones.

P. ¿Qué le obsesiona?

R. La política, las posibilidades del mundo digital, el campo, la preservación del suelo… Lo normal.

FUENTE: elmundo.es